Pintura y Capitalismo por Sara Malagón Llano – 2015

“Juventud sin divino tesoro”, de Vicky Neumann, y “Condiciones aún sin titular”, de Oscar Murillo, son dos muestras individuales que comparten formas de trabajar y evocan ambas un mundo desencantado producto del sistema económico actual. La intención de la curaduría es, sin embargo, resaltar la pintura como práctica artistica contemporánea: “La pintura tiene mucha fuerza, mucha actualidad y sigue siendo tan profunda como cualquier video, instalación, escultura Es, además, de las prácticas más antiguas en el arte, y siempre ha sido muy eficiente para llegar a la consciencia. Es la gran expresión artistica. Por eso este homenaje, en este recinto que ha acogido tanto arte contemporáneo. Tomarse estas salas tan grandes con pintura es un reto para cualquier artista, porque antes la práctica no implicaba la presión que ahora ejercen sobre ella estrategias que son de otro tipo de manifestaciones del arte contemporáneo, como la instalación. El reto es poder pensar el espacio, haciendo pintura”, dice María Belén Sáez de Ibarra, curadora de las exposiciones.

Vicky Neumann

Las primeras telas de Vicky Neumann nacieron en su estudio: pedazos de lona costeña preparados para pintar otras obras encima, con los que terminó limpiando el pincel; trazos de color, lienzos marcados por la mesa donde pintaba y los derrames de aceite; fotos viejas, fotos sacadas de intenet, fotos de libros; paisajes desechados; cuadros sobre cuadros; pinturas a medio hacer; pinturas de niños desafiantes. ”.Juventud sin divino tesoro” se construyó a lo largo de los años, incluso cuando Neumann aún no era consciente de estarla construyendo. El resultado son historias, fragmentos de historias de grandes dimensiones: imágenes intervenidas en medio de lo que ella llama “la porquería”: unas lonas que se fueron formando con el pincel cargado de óleo.

Había hecho unos paisajes que no le gustaban. Para la exposición los recortó, los ensució, los puso bocabajo y entonces funcionaron. Le sirvieron como escenario en medio de los trazos. Todavía se les ve la belleza de lo que pudo ser. “Mucho de esta obra se hizo con partes traseras de cuadros que no me gustaban. Otras piezas surgen de coger el lienzo blanco, impoluto, y empiezarlo”.

Detrás de esa porquería no hay concepto: la belleza está en lo que resulta de una mezcla inesperada de colores. ”La porquería me parece lo más sexy que hay. Ahí está todo. El tiempo, el mundo. Lo otro no sabe a nada. A ratos tengo que acentuar colores para que no quede muy monótono, pero trato de respetar lo que resultó originalmente. A veces eso se vuelve el más precioso tesoro”.

Neumann alarga la pintura. No hay cortes. No hay líneas que impongan dónde empieza y dónde termina. Que la pintura salga de las lonas y manche las paredes es su manera de apropiarse del espacio y jugar con él, a la manera del arte contemporáneo.Neumann está, sobre todo, pendiente del equilibrio de las composiciones, pero el equilibrio y la armonía en términos compositivos no corresponden con una noción parca de orden, ni de moderación. Sus pinturas son un caos meticulosamente controlado e intencional que surge por una consciencia del balance entre formas y colores. Ese equilibrio lo establece ella, y le llega al espectador tal vez inconscientemente. De entrada la exposición es abrumadora, en el buen sentido del término. Impactante. Agresiva.

Con respecto a la temática, la exposición es como un diario íntimo de fotos, fragmentado, que habla de un país que puede ser cualquiera. Más bien, de una generación. De una niñez que es heredera de un mundo desencantado, desgastado, corrompido por un sistema económico y social: “Los niños no son tan buenos, y no sé qué tan malo sea que no sean tan buenos. Siento que hay rebeldía. La sociedad colombiana es muy conservadora y de pronto el mundo también es así, pero acá es peor -estéticamente ni hablemos-. Hoy en día todo está diabolizado, y eso es aburrido. Entonces me parece chévere la provocación. Tengo personajes que parecen ser niños agresivos, aunque algunas situaciones sean ambiguas. En esas relaciones agresivas hay un placer que se deriva de la violencia, también hay admiración que se deriva de la agresión … Sentimientos muy extraños, que dan curiosidad, son fascinantes. Por otro lado, hay niños desafiantes que son personas malas o buenas en potencia. Todavía no ha pasado nada, pero se intuye algo peligroso. ¿Y por qué niños? Porque a ellos es a quienes les queda este mundo vuelto mierda, no a mí. Por otro lado, siempre he trabajado niños, porque me gusta y porque me da susto, porque no ha pasado nada pero pueden pasar tantas cosas”.

En todo caso, repite constantemente que el espectador haga lo que quiera con esas imágenes fragmentadas. Puede incluso dejar de racionalizarlo todo, porque al fin y al cabo se trata de una pintura más emocionalo expresionista que conceptual.

Óscar Murillo

Óscar Murillo tiene recursos parecidos siendo de una generación distinta, y en un momento muy distinto de madurez de su proyecto. Murillo es hijo de la generación que pinta Vicky. Así, del color que evoca la juventud representada desde la madurez, se pasa al negro de quien personifica ese futuro sugerido por Neumann. El color negro es el presente, la secuela del capitalismo avanzado, que hoy ya es un proyecto fallido. “Para la juventud esto no tiene ningún sentido, hay que buscar otra cosa, y muchos buscan la  fórmula dentro de esa crisis para seguir avanzando. Nuestra generación no le dejó a la de él muchas herramientas, le dejó mucha basura. El sistema ahora trata de pasar a lo electrónico, pero sigue abusando del trabajo obrero”, dice Sáez de Ibarra.

Todavia hay un tercer mundo esclavizado, y ello hace parte de la obsesión de Óscar Murillo y se refleja en esta muestra: la raza, el contexto, el origen socio-económico de una clase obrera explotada dentro del capitalismo. También está presente el trabajador en serie que es casi esclavo.

La instalación es agresiva como la muestra de Neumann, pero tiene un tinte lúgubre. También hay mucha pintura, pero el énfasis está en lo negro.

Murillo trabajó las telas sobre unas mesas largas con uno.s obreros. Esas mesas, y sus telas, están expuestas. En otro espacio hay unos overoles que evocan la industrialización, el trabajo en serie y los obreros (y también evocan las camisas atravesadas por una vara metálica de Doris Salcedo). En medio de la muestra, que en la inauguración aún olía a los materiales con los que trabajó Murillo, reposa un cuadro de un niño negro que rompe con las instalaciones.

La obra de Murillo sugiere cosas. Las texturas de las telas son fascinantes. Pero en comparación con la de Neumann, parece a medio hacer.

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