En La Piel De La Pintura por Javier Gil – 2003

En la piel de la pintura

Javier Gil

No es fácil ser pintor en estos días, el propio desarrollo de la pintura en el siglo XIX y XX exploró intensamente todas sus posibilidades hasta culminar en el arte abstracto. En ese punto extremo se vió obligada a redefinirse debiendo abandonar los imperativos de autonomía y pureza formulados desde la misma abstracción. Todo ello se tradujo en lo que podríamos llamar un concepto ampliado de la pintura, es decir, una tendencia a forzar sus propios límites, a desterritorializarse y contaminarse con otros medios y géneros, una inclinación a la hibridez de tiempos y espacios, y una reformulación de sus relaciones con la tecnología y los espacios de exhibición.

El teórico Dalto ha llamado, con no poco acierto, a este momento como los estados impuro y no puro de la pintura. Uno y otro referidos a una práctica pictórica libre de imperativos y con licencia para dialogar en múltiples direcciones sin obedecer a ninguna esencia o programa previo. Se trata de una pintura distensionada, situada en una zona de distensión. Lo no-puro, a su juicio, alude a la pérdida de los límites del concepto de cuadro y la consecuente fuga a espacios más complejos. Ya no es el cuadro el marco de lo pictórico, este se extiende a todo el espacio como sucede cuando la pintura entra a ser parte de las instalaciones.

El estado impuro tiene que ver con lo que se permite entrar al cuadro, frente a la pureza de otras épocas la permisibilidad de hoy es generosa, casi promiscua. Ningún estilo sanciona las reglas para entrar a la fiesta del cuadro, cada obra genera sus propias reglas, allí se cuelan diversos estilos y materiales, las iconografías celebran encuentros insospechados. Se mezclan elementos populares y cultos, lo físico y lo metafísico, lo trascendente con lo mundano y lo masivo.

Esa necesaria redefinición no carece de problemas. Por una parte, el pintor desea ser y parecer tan contemporáneo que termina por negarse, por no querer parecerse a sí mismo, incluso llegando a sentir vergüenza por su condición de pintor. Muchos renuncian a la riqueza somática, visual, cromática y sensorial del lenguaje pictórico. Podríamos hablar, entonces, de un estado no-puro neurótico. Otro problema se genera por la búsqueda de la pluralidad como un fin en sí mismo. Es el caso del pintor que sucumbe a los imperativos de moda y termina en un eclecticismo fácil y banal, prestado y poco sincero. Es el estado impuro histérico.

En la obra de Vicky Neumann se deja ver la difícil tensión de aspirar a una presencia contemporánea y al tiempo intentar no caer en los problemas mencionados. Jamás ha renunciado a la materialidad de la pintura; la riqueza corporal, gestual, cromática, espacial, la convivencia de lo visual y lo legible, la exaltación visual de la palabra, el juego de espejos entre imagen y palabra, son operaciones activas en sus trabajos. En ellos sentimos el encantamiento sensorial, el saber y el sabor de las sensaciones propio de lo pictórico. Su pintura es piel y hecha desde la piel. Es notoria la acción energética del cuerpo y la mano en sus gestos y trazos, estos dicen sin decir al tiempo que generan una desenfadada especialidad, el ojo viaja conducido por líneas y trayectos no raptados e inmovilizados por ninguna finalidad orgánica o por objetivo de producir una silueta identificable. En algunas de las imágenes de la presente exposición vemos figuras danzantes que parecen redoblar desde dentro del cuadro la propia danza gestual de la artista frente al lienzo.

Frente a la actual proliferación de propuestas conceptuales no deja de seducir una pintura con cuerpo. Si bien es cierto no se trata de una actitud novedosa en el arte contemporáneo, no es menos cierto que siempre nos atrae la fuerza de esos momentos en que la psiquis deviene cuerpo que penetra en la materia con poder expresivo. Esa presencia corporal es la que termina por animar la materia pictórica. En este contexto animar no estaría lejos de ánima, de alma, de suministrarle alma a las cosas justamente porque están hechas desde la profundidad de la piel. Alma en estado de piel, alma en tanto se logra un estado de musicalidad y alegría somática.

Quizás esa condición sea lo primero que se celebra en sus trabajos. Vicky Neumann se sabe y se reconoce como pintora sin necesidad de disculparse ni disfrazarse. Toda su trayectoria es un diálogo con el gesto, la intensidad emocional del color y la mancha, el espesor matérico y temporal, la espacialidad como matriz de universos diversos. Ahora bien, esa voluntad pictórica no es suficiente, de hecho muchos pintores la exhiben, en sus obras se suma un juego iconográfico que -en primera instancia- se presenta coherente con las intensidades pulsionales del gesto y del cuerpo. Iconografías de diversa procedencia pero todas alusivas, de una u otra forma, a esa pulsionalidad pre-racional. Figuras de danzantes y de animales invaden el plano pictórico y producen un eco justo a la fuerza gestual del trazo. En todas esas imágenes -más allá de las evocaciones y recuerdos que traen implícitos- hay una resonancia del cuerpo que ha pintado. Por ello su selección no se siente arbitraria ni gratuita, es pertinente a la misma forma como se realiza el cuadro.

Todo ello contribuye a una sensación general de coherencia interna. Como si el cuadro generara sus propias reglas de construcción, su propia lógica interna, en la que se produce un afortunado matrimonio entre lo que se expresa y la forma de expresarlo. Esa necesaria cohesión la distancia de muchas propuestas cuya gramática iconográfica no obedece a ningún principio regulador.
Sin embargo se trata de una coherencia relativa y difícilmente perceptible desde esquemas racionales. Es relativa porque, más allá de la congruencia de los elementos iconográficos con las formas de ejecución del cuadro, encontramos en ese lienzo-piel una diversidad y complejidad de registros aparentemente incompatibles. La complejidad no se refiere a algo densificado conceptualmente, apunta al modo de ser y conocer de la pintura como lenguaje que tolera y propicia una gran multiplicidad de espacios, tiempos e imágenes. Opera a la manera de una gramática felizmente absurda, como lugar de encuentros imposibles pero posibles, como lugar de encuentro de mundos externos y mundos internos.

Ese juego pictórico como experiencia unificada del objeto y sujeto lo encontramos en las formas de proceder de Vicky Neumann. Como inspirada por Jano, diosa del doble rostro, uno dirigido hacia lo interior y el otro hacia lo exterior, sus trabajos se gestan de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro. Un objeto percibido parece cobrar vida en su interior, trae consigo una polifonía de voces, imágenes, evocaciones, arrastra emociones, evoca un tiempo. Cualquier elemento parece estar cargado tanto energética como anímicamente, la artista le ha prestado una carga de recuerdos o de universos simbólicos e imaginarios. Tal es el caso de la recurrente figura del patito infantil la cual parece actuar como detonante de un juego de tiempos y espacios.

Sus pinturas se ajustan al funcionamiento más íntimo de nuestra psiquis, por eso en ellas se producen misteriosas citas, extrañas bodas. Construye espacios más psíquicos que físicos, tipologías espacio-temporales complejas justamente por no ser reguladas desde las convenciones de la mente racional. Al igual que las emociones, los campos de color son imprecisos en sus límites, las superficies no tienen coordenadas estables en la definición de fondo-forma, arriba-abajo (en ese sentido las obras actuales son más arriesgadas que las anteriores).

Detrás de la acción espontánea se esconde una particular complejidad en las obras. Es la complejidad de algo que siendo impulsivo al mismo tiempo tiene implícita una gran coherencia interna. Y no solo porque la artista medite compositivamente los trabajos sino porque todos los elementos se compenetran en su diferencia, una cierta verdad y sinceridad interna los aglutina. Su convivencia no la sentimos prestada, o impuesta forzosamente, y no la sentimos así porque en nuestro interior sabemos que nuestra manera de relacionarnos con el mundo no es tan lógica, allí cohabitan diversos registros y tiempos, siempre organizados por misteriosas pautas conectoras. Zonas de color, manchas, la tierna frescura de las iconografías de animales, se conectan con una precisión desconocida pero sentida. Al interior de ese juego de ecos y resonancias los trazos y rayados se convierten en ejes que articulan los espacios al tiempo que movilizan trayectos visuales.

La complejidad se extiende al factor tiempo, tan presente en toda su obra, e igualmente referido a una temporalidad más interna que cronológica en la que las cosas no aparecen ni desaparecen plenamente. Todo se hace y se deshace simultáneamente, como sometido a la inasible y borrosa fragilidad del tiempo psicológico.

Por lo general las pinturas de Vicky Neumann se asocian a universos primitivos, infantiles, espontáneos y todo ello se vincula con lo elemental. Ciertamente es elemental pero a condición de que -como ocurre con toda pintura primitiva- admitamos que lo elemental encierra complejidad, como se infiere de lo dicho anteriormente. Los elementos iconográficos elegidos son sencillos, cotidianos, mundanos, sin pretensiones ni vanidades, pero en su inmediatez y sencillez tienen esa extraña propiedad, que también posee lo gestual, de dejar adivinar el alma de algo o de alguien. Captan lo sustancial en lo accidental, lo grande en lo pequeño, un universo en un detalle. Fragmentos de una película perdida en el tiempo, instantes de un relato casi olvidado. Es la belleza cuya profundidad reside en saber estar en la piel del mundo. La complejidad de la piel.

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