El Nuevo Genio Del Arte Colombiano por Fernando Gómez Echeverri – 2015

La exposición de Óscar Murillo y Vicky Neumann en el Museo de Arte de la Universidad Nacional debería -por ruido y por calidad-haber generado algo más que un par de notas en los principales medios colombianos y producir multitudes curiosas alrededor del Museo. Pero la realidad -por supuesto es otra: las salas permanecen agradablemente vacías y lo único extraño es un grupo de estudiantes de música probando sus trompetas en la entrada.

Murillo es “el niño malo” del arte colombiano; desde hace poco más de un año, artistas y periodistas han perseguido sus números y hazañas: 500.000 dólares, 700.000 dólares en subasta, coleccionistas de Europa y EE:UU. se han rapado sus cuadros, y algunos artistas y críticos dicen que su reinado y sus precios -con los que pelea en el mercado con Botero y Doris Salcedo- son pura especulación y trazan teorías dignas de un escritor de complots.

Hasta ahora, Murillo -nacido en La Paila, Valle, criado en Londres y egresado del Royal College of Art- no había expuesto en Bogotá y solo había presentando una instalación en la Bienal de Arte de Cartagena. Por eso, su exposición es todo un acontecimiento, pero tal vez deje a varios espectadores con la sensación de no haber presenciado el nuevo gran milagro del arte colombiano. O sí. La obra que presenta Murillo gira alrededor del mundo industrial y sus desencantos

La obra que más me impresionó es la hoja de retiro de su mamá de la empresa en la que trabajaba; Murillo la convirtió en una serigrafia y la repitió hasta el cansancio. Y leerla -poner los ojos encima és encontrar trazos de discriminación y racismo (cabellos castaños lanosos; cutis moreno; labios gruesos) y una serie de vejaciones mínimas -preguntas como ¿qué defectos tiene usted?- que tiene que soportar algo llamado ‘la clase trabajadora’. Porque de eso se trata todo.

Murillo presenta una pieza en la que se apilan -uno tras otro- más de una docena de overoles industriales. Y sus lienzos -todos pintados de negro­ están regados por la sala, o sobre mesas industriales, como si se tratara de telas listas para exportar a algún lugar. No sé si me decepcionó o me encantó, pero tanto sus piezas como las de Neumann no se me han salido de la cabeza.

Vicky Neumann se apoderó de la sala principal y la convirtió en un inmenso mural hecho de lienzo, cartones y retazos de pinturas; la mezcla es poderosa y estimulante, hay parques industriales abandonados y lotes baldíos, y en medio de todo, imágenes de sillas plásticas tiradas en el piso, muñecas sin brazos, basura. Y niños muchos niños en actitudes provocadoras, sonrientes y con cigarrillos en la boca. El título dice mucho de la obra: Juventud sin divino tesoro. Esta -parece decir- es la basura del mundo que les queda.

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